Los escudos reales de la Capilla Mayor catedralicia

El prestigio de los lugares elegidos para el enterramiento de las grandes familias nobles fue siempre ligado a la relevancia que 1 casa pudiera tener en el panorama social de su tiempo. Capillas mayores de iglesias parroquiales o conventuales eran elegidas pos los distintos linajes para convertirlas en espacios destinados al reposo eterno, engalanados como correspondía a su rango con retablos, colgaduras, lámparas, orfebrería y ornamentos que manifestaran externamente la distinción y el boato de los enterrados.

El caso era diferente en las catedrales, cuyas capillas mayores eran de patronato real y estaban destinadas a enterramiento de miembros de la familia reinante. Sin embargo en Astorga se produce una excepción que provocó no pocos y dilatados pleitos entre las dos partes litigantes, los marqueses de la ciudad y el Cabildo catedralicio(1), que pretendían hacer prevalecer sus derechos sobre el ámbito de su capilla mayor. En el Archivo General de Simancas hemos tenido la oportunidad de consultar la documentación relativa a esas disensiones legales entre las dos instituciones, que hubieron de resolverse ruidosamente ante el Consejo Real, por aducir el Cabildo que se atentaba contra el Patronato al estar enterrados en la Iglesia "cuerpos de personas reales"(2). La documentación aportada para el desarrollo del pleito y la ejecutoria en la que concluye, fechada en 1579, suministran unos datos preciosos para conocer. las razones y el proceso de esas diferencias.

Lo cierto es que desde 1504 los marqueses de Astorga habían adquirido en el lado de la epístola de la citada capilla un espacio, para utilizarlo como sepultura de los miembros de su familia señalada con "una tumba de madera alta puesta en ella sus armas". A partir de ese instante satisfacían unas cantidades anuales al Cabildo por los derechos de enterramiento, sin que ello quisiera decir que se les considerara patronos de la capilla mayor. Las diferencias con el marqués abarcaban además otros aspectos relacionados con la custodia de uno de los accesos a la ciudad, la Puerta de Hierro,y con otros asuntos puramente protocolarios, pero de gran trascendencia en la época. Se referían estos al y asiento de corregimiento de la ciudad en la catedral con ocasión de acompañar a la misma a la Bandera de Clavijo, o al orden establecido a la hora de llevar la paz al obispo y al marqués cuando ambos se encontraban en las distintas ceremonias de la catedral.

La situación por el tema de los enterramientos debió complicarse paulatinamente cuando los marqueses siguieron forzando la situación. Las obras de la catedral proseguían a buen ritmo y el alhajamiento del interior del templo adquiría unas proporciones ciertamente llamativas, con el diseño y la construcción del magnífico retablo mayor, que dotaba al espacio interior de la catedral de una notable dignidad. Los marqueses Don Alvaro Pérez Osorio ('¡1567) y Doña Beatriz de Toledo, su mujer, insistieron en hacer prevalecer sus derechos incluso con la colocación a ambos lados del retablo, de sus escudos de armas.

El Cabildo, consciente de que había hecho un retablo "el mas ynsigne que abia en estos nuestros reinos" no cedió ante las presiones. En la ejecutoria del pleito se relata como en reunión capitular se acordó "embiar dos particulares a la ciudad de leon para que en ella hiçiesen hazer dos escudos grandes con nuestras armas para que se pusiesen a los lados del dicho rretablo y los abian echo y traydo a la dicha çiudad y por secreto que lo abian querido haçer abia benido a notiçia de los dichos marqueses y abian sido tantas las amenazas que abian echo a los dichos sus partes por ello que no se abian atrebido a los poner y los abian tenido escondidos mas de dos años sin que se pusiesen aviendo gastado en ello mas de quinientos ducados los quales en sola la tabla los abian gastado y abian de gastar otros tantos en los dorar y poner en perfection... ".

La información aportada es suficiente para conocer el mismo instante del encargo de esos espléndidos escudos que, con las armas del que fuera monarca reinante Felipe 11, flanquean el retablo mayor. Por lo que se deduce de las pistas cronológicas que proporciona la narración, los escudos se tallaron' antes de 1567 en que fallece el marqués Don Alvaro. En esos instantes Becerra vivía todavía en Madrid, enfrascado en sus trabajos ornamentales de los sitios reales'.

El Cabildo sin embargo encarga los escudos en León. La proximidad de la ciudad favorecía el secreto de la empresa pero sin duda existían otras razones para dirigirse a esta ciudad. Alguno de los maestros que habían trabajado a las órdenes de Becerra, asimilando sus novedades, se quedaría en León y de este modo el trabajo de los escudos no desentonaría con el resultado final del retablo. Naturalmente la policromía ha de ser obra de Gaspar de Palencia, presente en la ciudad desde 1569 para cumplir el contrato de policromado del retablo y aún más activo después del fallecimiento de Gaspar de Hoyos en 1570, para dar fin a su obra".

Los escudos finalmente se colocarán en el lugar para el que habían sido pensados. Aunque la ejecutoria no es demasiado explícita en este aspecto, su instalación se haría cuando ocupó la sede asturicense Don Francisco Sarmiento de Mendoza (1574-1580)5. El obispo se informó de las razones para no colocar los escudos y decidió que ocuparan el espacio que les correspondía. Esta decisión desató las iras del marqués y de buena parte de los capitulares que pertenecían a su casa y familia, iniciándose un largo proceso legal.

El documento oficial concluye con el dictamen, por parte del Consejo Real, de no mover los mencionados éscudos, para que constaran los derechos de la monarquía, sin que por ello se impidiera el enterramiento de los marqueses en la capilla mayor. La ecuánime decisión fue lo suficientemente molesta en todo su proceso, para que el obispo Sarmiento de Mendoza abandonara gustoso la diócesis en 1580 para ocupar el obispado de Jaén. Francisco Pacheco, que incluye a este docto prelado en su Libro de varones insignes(6) afirma con una frase suficientemente elocuente, que el humilde obispo aceptó el traslado a Jaén tan sólo. "por escusar los pleitos con los marqueses de Astorga".

NOTAS


1. Sobre los pleitos entre el Cabildo asturicense y la familia del marqués se señalan muchas referencias en la bibliografía local astorgana, donde se entremezclan noticias certeras y legendarias que han dado pie a una abundante literatura. 2. Archivo General de Simancas. Patronato Eclesiástico; legajo 198. 3. M. Arias Martínez, "Gaspar Becerra, escultor o tracista. Sobre la documentación testamentaria de su viuda Paula Velázquez", Archivo Español de Arte, n° 283, 1998, pp. 273-289. 4. M.A. González García y M. Arias Martínez, "A propósito de Gaspar de Palencia", Anuario del Museo de Bellas Artes, Bilbao, 1993, pp. 21-47. 5. P. Rodríguez López, Episcopologio asturicense, Astorga, 1908, T. III, pp. 64-71. 6. F. Pacheco, Libro de Descripción de verdaderos retratos de ilustres y memorables varones, Sevilla, 1985, pp. 315319. Sobre este obispo y su mecenazgo artístico preparamos actualmente un pequeño trabajo.
Manuel Arias Martínez